Los correos electrónicos han pasado a formar parte de esas cosas que encajan perfectamente en: «cuidado que los carga el diablo», como los grupos de Whatsapp, las compras on line…y todas esas cosas que no necesitan de reflexión antes de actuar o hablar. Te pillan en un momento flojo y lo mismo dices una tontería, que te compras una tostadora de diseño o te apuntas a algo…

Pues en uno de esos momentos estaba yo cuando recibí un correo de nuestra Cooperativa Escuela Ideo informando de una nueva edición de Noche en el Museo de Ciencias Naturales, actividad que encanta a los niños y para la que se solicitaban voluntarios adultos que los acompañasen durante la noche con el fin de ayudarles en lo que pudiesen necesitar ellos y controlarlos un poco en lo que pudiese necesitar el Museo.

Ni corta ni perezosa (me encanta esta frase, sobre todo porque «alta» no soy, pero perezosa un rato…) apunté a mi hija y, ya puestos a apuntar, me ofrecí de voluntaria.

Días después recibí un correo informándome de que mi hija tenía plaza para pasar la noche en el Museo y yo también había sido agraciada con plaza de madre voluntaria. ¡¡¡Hurra!!! ¡¡¡Yupi!!! ¡¡¡Qué guay!!!… Un segundo me duró la euforia…mi cerebro empezó a hacer lo que no había hecho antes, reflexionar. Y claro, vinieron los: ¡Ay Dios!… ¿Pero cómo se me ocurre apuntarme para pasar una noche con sesenta niños y con otras cinco madres que no conozco?

Que si estoy mayor para dormir en el suelo, que no tengo esterilla, que con este saco no puedo ir… mira que si los niños se asustan, y si se quieren ir en mitad de la noche, y si se portan mal… asalto continuo de advertencias sobre lo mal que había hecho, lo irreflexiva que había sido…

Y llegó el día D. Allí estábamos todos, los sesenta niños, unos con sus miedos y otros emocionados. Y las seis madres, unas con sus miedos y otras emocionadas.

Nos encontramos con que en el Museo había un evento que ocupaba toda la gran sala de biodiversidad y parecía que ese evento tenía a nuestras monitoras un poco nerviosas, muy preocupadas porque los niños no fuesen a esa zona, no hiciesen mucho ruido por los aledaños, se portasen superbién…

Organizaron los grupos para los talleres, la pausa para cenar y las instrucciones para dormir o ir al baño. A la hora de atender a los grupos por separado en las distintas actividades se relajaron un poco, un poquito…

Y claro, con este panorama ya os imaginaréis que yo había pasado del estado «asustada» al de «aterrorizada»… ¡¡¡Pues no!!!

Los niños transmitían su entusiasmo por encima de las «pequeñas adversidades» y, sobre todo, demostraron que, si los dejamos, saben responder mejor que nosotros, los adultos. Ellos sí hicieron gala de paciencia, simpatía y buen humor.

No son muñecos de jardín y, efectivamente se movieron, hablaron y, sobre todo, disfrutaron. Prestaron atención, trataron de aprender, de resolver los retos que les pusieron, algunos miraron embobados las vitrinas, otros hicieron bromas, otros inventaron historias llenas de imaginación… pero, sobre todo, se portaron genial, sacaron partido de la noche, se rieron con los amigos, hablaron, cuchichearon, fueron amables, simpáticos, se cuidaron unos a otros (mucho) y soportaron estoicamente a unas madres somnolientas que insistían en que había que callarse y dormir… sabiendo que eso es pedir imposibles y que lo divertido de una noche en el Museo con los amigos no era dormir. Aunque al final todos cayeron rendidos, eso sí, al final, muy al final…

¿Y al día siguiente? ¿Cómo se levantan sesenta niños que han dormido poquísimo? ¡¡¡¡SONRIENDO!!!!

Así que no me queda más que agradecer a la Cooperativa el gran trabajo que asume para organizar estas cosas. A Belén, Hortensia, Isabel, Silvia y Marta el ser unas magníficas compañeras de aventura, un placer. Y, sobre todo, a esos sesenta duendes locos, por ser magníficos y enseñarnos tanto.

Lo dicho, ¡¡¡un placer!!!